Publicado: El sábado 01 abril 2017, a las 15:25
Visto en: Abc
Todo encaja a la perfección en «The Legend of Zelda: Breath of the Wild»

Nunca hubo un videojuego donde se pudieran hacer tantas cosas con total libertad y todas tuvieran sentido

Nunca hubo un videojuego donde se pudieran hacer tantas cosas con total libertad y todas tuvieran sentido. «The Legend of Zelda: Breath of the Wild» (Nintendo Switch y Wii U) ha llevado a los juegos de mundo abierto a un terreno que otros solo habían visto de lejos: el del equilibrio perfecto entre la narración, el libre albedrío y el juego.

El mundo abierto se había convertido en los últimos años en casi una obligación para todo juego de gran presupuesto que quisiera ser respetado. El éxito de crítica y ventas del mejor exponente del género, la saga GTA, marca la tendencia. La saga Zelda, hasta ahora, se había mantenido relativamente al margen de un género donde otros títulos han pecado de inflarse sin coherencia. El mundo fantástico de Zelda no lo necesitaba: prestigiosa en su estilo, aplaudida edición tras edición por su pulida fórmula de aventura, exploración, acción y toques de rol en una narración dirigida.

Pero Zelda se había quedado estancada en su fórmula, deudora del estilo de «Ocarina of Time» (Nintendo 64, 1998), considerado por muchos el mejor juego de la historia. Con «The Legend of Zelda: Breath of the Wild» ha dado el paso que le faltaba —en realidad un salto al vacío por la revolución que supone en la saga— y ha dado una lección a todos con una propuesta que marca el camino al resto en los videojuegos de mundo abierto.

Todo encaja

Y no es que en «The Legend of Zelda: Breath of the Wild» se haga algo nunca visto, sino que todo encaja a la perfección: narración, aventura, misiones principales, secundarias y accesorias, acción, personajes, diseño artístico, animación, gráficos y sonido. Y lo hace sin renunciar a su legado, fiel y reconocible. Y lo hace en un mundo donde se puede hacer de todo, cuando y como quiera el jugador. Hyrule, siempre amenazado por fuerzas oscuras, con su princesa en peligro y a la espera de un héroe

La gran virtud de «The Legend of Zelda: Breath of the Wild» es, más que la libertad en sí, para qué sirve se usa esa libertad. No se trata de recorrer el mundo fantástico porque sí, aunque su belleza bien lo merecería, sino de que cada punto tenga un sentido. El juego permite ir directamente al final pero, sin el equipamiento necesario, supondrá la muerte segura. Ninguna misión es obligatoria, como ayudar a un personaje en apuros, pero todas tienen su recompensa y todas suponen una experiencia.

El título no obliga a recorrer todos los puntos. Es el jugador quien fija los hitos sobre el mapa. Ni siquiera obliga a recorrer grandes extensiones, hay atajos puntuales, como el teletransporte o los caballos; aunque recorrer en sí ya es parte de la diversión. No hay obstáculos ficticios ni paredes invisibles. Las montañas se escalan, en el agua se nada, las alturas se planean. El único límite es la resistencia del héroe, en un cuidado equilibrio entre esfuerzo y tiempo. En este Zelda se muere, y muchas veces.

Ingenio

Los enemigos del camino no son especialmente difíciles, pero siempre existe la posibilidad de perder puntos de vida. La reposición depende de los alimentos, cuya caza y recolección gana en nutrientes con la combinación de elementos en el cocinado. El inventario juega aquí un papel fundamental; aunque más determinante todavía es la gestión de las armas, con un número limitado de usos. Una espada especialmente letal o un escudo particularmente protector deberá ser guardado para la mejor ocasión, como un jefe final, un reto mayor, siempre abatido por el ingenio.

El ingenio es un valor de la Zelda que se mantiene en «Breath of The Wild», aunque no ocurre lo mismo con otro de los emblemas de la saga, las mazmorras. Aquí no son esos puntos neurálgicos de cada obra, complejos entramados de gran tamaño. Ahora son menos ambiciosos, con una solución más ágil y breve, siempre basada en el ingenio. Las mazmorras ya no son tan determinantes, un aspecto que algunos pueden cuestionar, pero que tiene sentido en una obra redonda, sin picos ni aristas, donde todo se desenvuelve sin peso.

Personajes carismáticos

Así ocurre con cada personaje no jugable, con una inteligencia artificial pulida, capaz de reaccionar a cada gesto del héroe, por pequeño que sea. Los personajes aportan la personalidad al juego, emotivos, divertidos, con sentimiento y contenido. El diseño artístico hace el resto, con un estilo «cel-shading» —esto es, emulando el dibujo a mano— que parece sacado del estudio Ghibli, también por la caracterización de los personajes, tan creíbles, enigmáticos y mágicos.

La potencia técnica, sin ser puntera en unas consolas más limitadas que sus competidoras, está usada con inteligencia para tapar las carencias de Switch y especialmente Wii U respecto a PS4 o Xbox One. El juego se mueve sin tirones, sin transiciones y con una gran definición, particularmente en el mando portátil de la última consola de Nintendo. La única pega del título que ha cosechado dieces entre la crítica especializada está en el ocasiones excesivo uso del recurso de la niebla para ocultar defectos, como las apariciones repentinas de personajes, poco habituales.