Publicado: El viernes 10 febrero 2017, a las 22:27
Visto en: Abc
«The Last Guardian»: poesía visual, emoción animal

Diez años en desarrollo y retrasos acumulados no empañan el resultado de este videojuego de acción-aventura protagonizado por un adorable niño y su extraña criatura, un perro con alas de gigantesco tamaño, a pesar de algunos conflictos técnicos

Inocente y endeble. El niño se despierta en una cueva. Un paraje y un pozo. Unas extrañas marcas le han crecido en todo su cuerpo. Se sorprende, pero más es el asombro al ver a la inmensa criatura que, encadenada, se encuentra a su paso. Le llama Trico. Es un gigantesco perro con alas de extremidades propias de las aves. Es un ser curioso. El comienzo de «The Last Guardian», videojuego de acción y aventura, deja claras sus intenciones desde sus primeros minutos: tener de mascota a esta criatura no va a ser nada fácil.

Lleno de ternura y emoción, el videojuego de corte independiente ha estado en desarrollo durante diez largos años, una década de despistes, de retrasos en los que su creador, Fumito Ueda, autor de otros títulos de culto como «Ico» o «Shadow of the Colossus», ha querido ajustar hasta el más mínimo detalle. De texturas artísticas y diseños preciosistas, el título propone una aventura metafísica envuelta en papel onírico en donde la inmensidad desafía a un sistema de juego repleto de rompecabezas y cooperación.

Aquel niño, el personaje controlado por el videojugador, debe progresar en su aventura, pero no puede (ni debe) hacerlo en solitario. Sin ningún tipo de armas con las que defenderse, Trico está de su parte, aunque adiestrarlo por completo es imposible. La criatura sigue, sobre todo, al principio su propio patrón animal y, por tanto, sus movimientos pueden resultar imprevisibles. Con ello se persigue un cierto equilibrio en las mecánicas de juego. Sus dimensiones, por lo pronto, obstaculiza el progreso, a lo que hay que averiguar la forma de poder continuar. El juego en sí se mueve a un ritmo lento, cadencioso, muy pausado que se regodea de un universo surrealista que maravilla pero que, también es cierto, puede decepcionar a los jugadores que buscan la satisfacción rápida.

Y, poco a poco, van surgiendo desafíos en forma de puzles algo más complicados (aunque en su mayoría se encuentra fácilmente la solución) y soldados de los que huir. Afortunadamente, ahí está la gigantesca mascota para defendernos y, por supuesto, escapar de unas ruinas donde la verticalidad forma parte del ambiente. El personaje puede puede saltar, agarrarse por las paredes y practicar «parkour» de una forma muy limitada (que nadie piense que es Nathan Drake en Uncharted o un algún protagonista de Assassins Creed). Requiere, en muchas ocasiones, del apoyo del perro alado con lo que es necesario encaramarse sobre él para continuar. Afortunadamente, conforme avanza la historia el jugador mejora el dominio sobre Trico. La interacción y relación entre ambos personajes es el principal gancho del juego.

Para captar la atención de esta criatura el personaje puede lanzar barriles, con lo que Trico puede moverse hacia una posición específica o, al menos, más concreta, al igual que el niño puede llamarle a grito pelado para que le siga sus pasos. Es necesario, también, prestarle algo de cariño, retirarle flechas y curar sus heridas con suaves gestos, de ahí que la columna vertebral de todo el entramado narrativo gire en torno a la amistad.

Con unos movimientos de cámara a veces desesperantes e inconsistencias en el rendimiento en momentos puntuales, el juego reta al videojugador a descubrir los siguientes pasos a dar. La paciencia y observación son, por tanto, otros compañeros de este tierno viaje que a nadie dejará indiferente porque, desde el primer momento, uno es plenamente consciente que está jugando a un videojuego diferente, muy original, que seguramente desafíe el tiempo y logre, por su narrativa sobre todo, perdurar a lo largo de los próximos años. Y eso a pesar de su escasa duración, unos controles a veces desajustados y la constante aparición de los menús.